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viernes, 4 de mayo de 2012

Imagen

Aún cuando nada pasa,
pasa tu imagen

En líneas
Que nunca llegan

En pistas fútiles,
Esa cursilería.





VL

lunes, 30 de abril de 2012

viernes, 27 de abril de 2012

la nube

Qué haría usted si amaneciera en un cuarto, cuya única y efímera decoración fuese una nube, que todas y cada una de las mañanas puede apreciar.
Como lo dicta su naturaleza, la nube, luego de minutos, cambiaría de forma, se desvanecería y dejaría un charco, no más que ese rastro, en el piso.




Al cabo de unos días usted sigue esperando a esa nube, porque su presencia etérea lo tranquiliza.
Y es improbable que no aparezca, como lo haría cualquier artificio, fábula, o exageración. Recordemos que en esencia se trata de un capricho vaporoso.
Aquí encontrará al hacedor de nubes: http://www.berndnaut.nl/

martes, 24 de abril de 2012

Página 16

Bastó con que me dijeran la tengo, para que saliera al encuentro de esta novela. Tres o cuatro personas me la mencionaron antes de llegar a ella. La estoy bebiendo tranquila, a sabiendas de que cada paisaje tiene su límite.




Desde luego, dijo Austerlitz al cabo de un rato, la relación entre espacio y tiempo, tal como se experimenta al viajar, tiene hasta hoy algo de ilusionista e ilusoria, por lo que, cada vez que volvemos del extranjero, nunca estamos seguros de si hemos estado fuera realmente...


jueves, 12 de abril de 2012

lunes, 9 de abril de 2012

La Tormenta





Pongamos que hay una tormenta. Que antes de esa tormenta hizo calor, mucho calor, un calor infernal. 42 grados a la sombra. Que las vacas habían comenzado a deshidratarse, y que la gente sin saber que hacer con su ropa optó por quitársela de encima y andar en ropa interior por las calles. Que alguien entra desesperado en un cine en busca de la fresca y que sin intención se pone a ver la película que están dando, Antes del Atardecer. Que este alguien desesperado en busca de refugio, es un escritor. Oh. Coincidencia. Y que la película le recuerda tanto a una mujer que conoció pero que dejó de ver hace bastante tiempo. Y que cada uno hizo su vida. Y que si no hubiese sido por el calor de esa tarde y la futura tormenta, y la película no estaría pensando en ella. Y la película va masticando su cerebro hasta hacerlo suponer que la historia que ocurre ahí podría ser de él. Pero no, muchas diferencias, se dice. Y que la suya encarnada en la protagonista -¿cómo es su nombre?- seguro no lo recuerda, pero sí lo recuerda en ese mismo momento solo que él no lo sabe. Y sigue caminando por calles arboladas, adentro de ese paisaje propuesto por el director. Habla como si el tiempo no hubiese corrido, pero sí corrió, ella tiene canas, algunas, en la película. El parece más grande y está más guapo. Ella sonríe y habla de su trabajo relacionado con el medioambiente. El fue a presentar un libro. Hasta ahí es mas o menos igual, todas las historias se parecen, dice y sigue mirando con los ojos vidriosos, mientras viaja por otras calles inventadas, e imposibles. Calles de Escher, con escaleras que no conducen a ningún lado, y animales que se clonan en diferentes colores y salen unos de otros. En la película ella en el auto le dice que no se casó, y el responde que el sí. Que tiene un hijo o hija. Y ella se pone mal. Que casualmente había vivido en New York, que él también. Habían recorrido las mismas calles los mismos años y nunca se habían cruzado. No se buscan los que no quieren encontrarse, piensa. Es imposible. Pero qué ganas de verla le surgen. De saber dónde está. Pero quiere asistir al final de la película, y caminar por París una vez más. Viajan en barco por el Seine, y el viento acaricia su cara. El pelo rubio de ella está ladeado y remonta vuelo también. Ya queda poco de esta travesía. Parecen distantes y no lo están, el se quiere quedar, pero ay!, su vuelo para presentar el libro en nosedonde, y su editor. Toman un taxi, ella es neurótica, le da por contar su vida y llorar. No es para menos, él, a quien conoció libre, diez años antes, ahora está casado, es infeliz, no se lo dice, lo da a entender. Se habían pasado la tarde charlando y riendo.
Un gato, un departamento, la guitarra y Nina Simone de fondo.
En algún momento tuvieron que revolcarse entre las sábanas y darse un beso que no se ve, pero atraviesa la pantalla, supone él
¿Y luego qué?
Salió a buscarla en medio de la lluvia.

viernes, 6 de abril de 2012

Insolemne

Y que tal si te dijesen
Que el crimen no aconteció
Que nadie lo describió
Que no se encontraba allí,
Que nunca nadie lo vio
Que se escapó de sus manos
La misma oportunidad
A una hora inexacta
En quien sabe qué lugar
Que la vida lo llevó
Por ese sendero incierto
Que ningún rastro dejó
A menos que sean muertos
Que lo vil de su mirada
Se ocultaba en un discurso
Que su elegancia innata
Lo impulsó a una cabalgata
Que nadie lo vio partir
Ni nadie lo vio llegar
Que al fin
-del fin -
En la historia
Tampoco tendrá lugar
Vll

martes, 3 de abril de 2012

Violeta






Sus recuerdos son como olas que se resisten a llegar a la costa. Pero eso no es lo importante. Los tacos aguja le quedan bien, la sombra violeta adorna sus ojos marrón claro, un poco lechosos desde ayer, u hoy, no sabe. Porque qué día es hoy, ¿acaso importa? El violeta siempre le quedó bien.
Vive con su hijo, y otras señoras que van y vienen. Alguna le robó plata, está segurísima de eso. Porque sabe llevar los números, cuenta todos los días los billetes, los esconde en lugares secretos para que no se los saquen. En la heladera nunca guardaría un billete, aunque una vez aparecieron ahí. Esas son las mujeres que vienen, le dice a Roberto.
Roberto, su hijo, concluyó que ella ya no puede estar sola y contrata a estas muchachas para que la cuiden. El no se quiere quedar, para qué, para pelear. Pero ella sabe cómo vivir y a esta edad no le van a enseñar, de ninguna manera. Me obligan a comer Roberto, no me gusta esa muchacha tiene mal caracter y se lleva cosas. La otra sí. Elsita, la más grande es mejor, porque mira la tele conmigo.
Por suerte no hace frío. Está lindo para una blusa.
¿Y cuándo llega Elsa? No sé de dónde viene, para mi que anda con alguien, pero es buena, cocina rico, qué se yo... creo que tiene hijos...
Ahí están otra vez, los que bailan en la tele. ¿No te digo yo? Y todos los días chocan los trenes, es una barbaridad. Hay que ponerlos en la plaza a todos los políticos, y matarlos, así aprenden. A este país lo fundieron, teníamos tanto, tiras una semilla y crece, en cualquier lado Elsa, pero son todos corruptos. No como en otros países, mirá Japón.
Elsa, ¿llegaste?
Las tres.
En la plaza seguro está el viudo que conoció en el almacén. Va a la hora de la siesta y está un rato sentado en el banco leyendo el diario. Claro que Roberto no sabe, cómo va a saber Elsa, y qué le importa a él de mi vida si yo a él no le pregunto con quien anda.
Sentada a la sombra, con una novelita que a veces lee, espera. Todo está en su sitio. Su pelo arreglado, los ojos delineados de azul para que resalten, la sombra celeste en los párpados, los labios rosa oscuro.
Al ratito llega él con su chaleco y pantalón de vestir gris. Una fila de pelos le cubre apenas la cabeza, como finos tallos de trigo que dejan ver la tierra que los sostiene, pese a todo. Zapatos lustrados, pipa, el diario, pura distinción, un gentleman.
A contraluz los bichos, cientos o miles de ellos, moscas volando en medio de la polvareda suspendida tras el aleteo de las palomas. Es casi el futuro de una escena romántica.
Por suerte en esta época no hay mosquitos, y todavía se oye el canto de los pájaros. Le gusta ese aire silvestre, aunque aborrece a las palomas y sus excrementos. O me va a decir que no es cosa de viejo andar dándoles de comer, es más, es de viejo palomo. No como ese viudo indiferente con la naturaleza. No la necesita, solo existe el diario para él. Quedaría tan bien sentado en su living tomando una copita.
Pero estaba pensando mal, diría luego, y entonces comenzaron a darle unas puntadas abajo en el vientre. Sino hubiese sido por lo primero, esto segundo no hubiese ocurrido. Lo mejor era ir al baño del restaurante de enfrente, de mozos tan gentiles, donde siempre la atendían jóvenes de buenos modales, toscos pero bellos. Así que cerró la novela, se puso de pie, y se apuró, porque sentía que un misterio se le iba a caer en medio de la calle, justo en ese momento, cuando el viudo le iba a preguntar algo.
Caminó por el sendero y cruzó en la esquina, un poco nerviosa, hasta que llegó a La Gran Espiga. Abrió la puerta mientras sentía que la situación interior perdía resistencia a la gravedad.
Su rostro debe haberla delatado, porque un mozo, qué amable, se le acercó para preguntarle si estaba bien. Sí, claro, porsupuesto. Solo el toilette. Sonrisa. Qué insolente el mocoso, falta de respeto preguntar así.
Encendió la luz, mientras cerró la puerta del baño diminuto ahora todo ocupado por su humanidad entera. Apenas podía agacharse sin darse la cabeza contra el lavabo. Y así, medio retorcida, como pudo, se subió la pollera. En segundos liberó la alegría contenida. Porque para ella esa era la perfecta definición de la alegría, cuando joven era una mirada, un llamado esperado a tiempo, pero a esta edad, sus definiciones habían cambiado. Volvió a encender la luz, que se apagaba sola. Su ropa interior se parecía tanto a la que usaba su hijo...
Se sacó el anillo de perla y lo dejó en la jabonera para lavarse las manos.
Luego de secarse remarcó sus labios con el rush rojo fuerte, como el vino, acomodó su ropa y se puso deoparfum.
Urgida salió del toilette y saludó a todos. Acto seguido se fue.
Nadie supo nunca a dónde.