
Sus recuerdos son como olas que se resisten a llegar a la costa. Pero eso no es lo importante. Los tacos aguja le quedan bien, la sombra violeta adorna sus ojos marrón claro, un poco lechosos desde ayer, u hoy, no sabe. Porque qué día es hoy, ¿acaso importa? El violeta siempre le quedó bien.
Vive con su hijo, y otras señoras que van y vienen. Alguna le robó plata, está segurísima de eso. Porque sabe llevar los números, cuenta todos los días los billetes, los esconde en lugares secretos para que no se los saquen. En la heladera nunca guardaría un billete, aunque una vez aparecieron ahí. Esas son las mujeres que vienen, le dice a Roberto.
Roberto, su hijo, concluyó que ella ya no puede estar sola y contrata a estas muchachas para que la cuiden. El no se quiere quedar, para qué, para pelear. Pero ella sabe cómo vivir y a esta edad no le van a enseñar, de ninguna manera. Me obligan a comer Roberto, no me gusta esa muchacha tiene mal caracter y se lleva cosas. La otra sí. Elsita, la más grande es mejor, porque mira la tele conmigo.
Por suerte no hace frío. Está lindo para una blusa.
¿Y cuándo llega Elsa? No sé de dónde viene, para mi que anda con alguien, pero es buena, cocina rico, qué se yo... creo que tiene hijos...
Ahí están otra vez, los que bailan en la tele. ¿No te digo yo? Y todos los días chocan los trenes, es una barbaridad. Hay que ponerlos en la plaza a todos los políticos, y matarlos, así aprenden. A este país lo fundieron, teníamos tanto, tiras una semilla y crece, en cualquier lado Elsa, pero son todos corruptos. No como en otros países, mirá Japón.
Elsa, ¿llegaste?
Las tres.
En la plaza seguro está el viudo que conoció en el almacén. Va a la hora de la siesta y está un rato sentado en el banco leyendo el diario. Claro que Roberto no sabe, cómo va a saber Elsa, y qué le importa a él de mi vida si yo a él no le pregunto con quien anda.
Sentada a la sombra, con una novelita que a veces lee, espera. Todo está en su sitio. Su pelo arreglado, los ojos delineados de azul para que resalten, la sombra celeste en los párpados, los labios rosa oscuro.
Al ratito llega él con su chaleco y pantalón de vestir gris. Una fila de pelos le cubre apenas la cabeza, como finos tallos de trigo que dejan ver la tierra que los sostiene, pese a todo. Zapatos lustrados, pipa, el diario, pura distinción, un gentleman.
A contraluz los bichos, cientos o miles de ellos, moscas volando en medio de la polvareda suspendida tras el aleteo de las palomas. Es casi el futuro de una escena romántica.
Por suerte en esta época no hay mosquitos, y todavía se oye el canto de los pájaros. Le gusta ese aire silvestre, aunque aborrece a las palomas y sus excrementos. O me va a decir que no es cosa de viejo andar dándoles de comer, es más, es de viejo palomo. No como ese viudo indiferente con la naturaleza. No la necesita, solo existe el diario para él. Quedaría tan bien sentado en su living tomando una copita.
Pero estaba pensando mal, diría luego, y entonces comenzaron a darle unas puntadas abajo en el vientre. Sino hubiese sido por lo primero, esto segundo no hubiese ocurrido. Lo mejor era ir al baño del restaurante de enfrente, de mozos tan gentiles, donde siempre la atendían jóvenes de buenos modales, toscos pero bellos. Así que cerró la novela, se puso de pie, y se apuró, porque sentía que un misterio se le iba a caer en medio de la calle, justo en ese momento, cuando el viudo le iba a preguntar algo.
Caminó por el sendero y cruzó en la esquina, un poco nerviosa, hasta que llegó a La Gran Espiga. Abrió la puerta mientras sentía que la situación interior perdía resistencia a la gravedad.
Su rostro debe haberla delatado, porque un mozo, qué amable, se le acercó para preguntarle si estaba bien. Sí, claro, porsupuesto. Solo el toilette. Sonrisa. Qué insolente el mocoso, falta de respeto preguntar así.
Encendió la luz, mientras cerró la puerta del baño diminuto ahora todo ocupado por su humanidad entera. Apenas podía agacharse sin darse la cabeza contra el lavabo. Y así, medio retorcida, como pudo, se subió la pollera. En segundos liberó la alegría contenida. Porque para ella esa era la perfecta definición de la alegría, cuando joven era una mirada, un llamado esperado a tiempo, pero a esta edad, sus definiciones habían cambiado. Volvió a encender la luz, que se apagaba sola. Su ropa interior se parecía tanto a la que usaba su hijo...
Se sacó el anillo de perla y lo dejó en la jabonera para lavarse las manos.
Luego de secarse remarcó sus labios con el rush rojo fuerte, como el vino, acomodó su ropa y se puso deoparfum.
Urgida salió del toilette y saludó a todos. Acto seguido se fue.
Nadie supo nunca a dónde.